Charles Baudelaire: vida y obra literaria

Cortesano de rentas escasas

Baudelaire es el prototipo de la poesía moderna. De una modernidad reaccionaria, podría decirse. Es el hastío de un progreso que no admite o que no contempla en su mundo circundante. Baudelaire, también aquí igual que Poe, es un reaccionario que revoluciona la poesía. Así como en el romanticismo coincideron dos corrientes políticas, una progresista y otra reaccionaria, en la modernidad sólo queda esta última.

Es un punto en el que Baudelaire no aparece desgarrado por contradicciones: él sólo ve el lado negativo de la sociedad contemporánea. Su pensamiento bebe de las fuentes de De Maistre y Poe. El hombre no es bueno por naturaleza, como afirmaba la Ilustración que, con excepción de Kant, confundía el ser con el deber ser; en él no hay impulsos altruistas, generosos ni solidarios. Como instrumento de lucha contra la revolución francesa, los filósofos reaccionarios comenzaron a ahondar en facetas, hasta entonces ocultas a la razón.

No debe extrañarnos, por otra parte, que Baudelaire apele a los viejos valores, a cual más reaccionario, remitiéndose a un mundo ya desaparecido para siempre con la revolución francesa, el mundo de Joseph de Maistre que postulaba la ciega obediencia al Papa y a los reyes como representantes, espiritual y mundano, de Dios en la tierra.

El hombre es malo por naturaleza, instintivamente perverso y depravado. Sus movimientos son irracionales y se siente espontáneamente atraido por el mal, como lo prueban los instintos sexuales: la voluptuosidad es la certidumbre de hacer el mal.

El mal es, pues, lo natural; la virtud es, por el contrario, artificial, exige un esfuerzo subjetivo o llega impuesta desde fuera. Para Baudelaire artificial quiere decir también sobrenatural, lo mismo que el arte. Es decisivo para desmontar las pretensiones estéticas baudelerianas destacar esa indentificación de la moral con el arte, porque prueba que no se trata precisamente del arte por el arte. Lo bello, igual que lo bueno, es artificio, postizo, adorno.

Ciertamente el arte no tiene por objeto moralizar a nadie, pero una obra bella es al mismo tiempo buena, por lo que lo moral está en el arte de un modo invisible, no como un objetivo explícito; el poeta es un moralista sin pretenderlo.

El arte no imita a la naturaleza porque ésta ni es bella ni es buena después de la expulsión del paraíso. Baudelaire está impregnado de superchería, fideismo, esoterismo y fatalismo. La vida es un castigo; está marcada indeleblemente por el pecado original, por la noción de culpa y por el remordimiento. El mal nos atrae con fuerza magnética, haciéndonos vivir en pecado permanentemente, dominados fatalmente por los más bajos instintos que fuerzas diabólicas, satánicas, mueven dentro de nosotros. La manera de salir del pecado exige un esfuerzo: plegarias, oraciones y rosarios tienen un poder taumatúrgico que permiten superar nuestros pecados. La idea de reversibilidad es también capital en Baudelaire.

La superchería concluye en la propia actividad poética, tarea selecta de un reducido núcleo de aristócratas, una élite favorecida por "un hada infundió en la cuna". Baudelaire rompe con el populismo romántico. La selecta casta de los poetas se desenvuelve en un ambiente hostil cargado de vulgaridad. Para caracterizar tamaño club de artistas Baudelaire utiliza la expresión anglosajona "dandy", que no vierte al francés pero que nosotros reconocemos en el lechuguino, en nuestro aborrecido señorito, y hoy día en el pijo.

El dandysmo de Baudelaire no es más que otra manifestación de impotencia, de choque entre el ideal y la realidad de la vida que le rodea. Deambulan por sus páginas una plebe marcada por la frustración: glorias abortadas, ambición decepcionada, inventores desafortunados, corazones rotos, viudas. El artista debe distinguirse de esa muchedumbre, debe destacar la diferencia frente a la homogeneidad. Es la mitificacion de uno mismo en contraposicion a los demás, a los que desprecia como personas vulgares. En ese mundo aristocrático agonizante, parcialmente envilecido aunque todavía no derrotado por la democracia, es donde el dandy puede afirmar su singularidad.

El dandy encarna la belleza, es el prototipo del artista que, por definición, es un personaje frustrado, porque "cuanto más delicada y ambiciosa es el alma, más la alejan los sueños de lo imposible".

Otras dos notas más lo singularizan:

a) el dandy es el artificio en el plano estético
b) es la inutilidad en el plano moral.

Desde el punto de vista estético es adorno, falsificación y máscara, un símbolo vivo del artista, un ser extravagante y distinguido. Baudelaire rechaza la naturalidad, la espontaneidad, el "hombre sin immediatez" porque es vulgar. Lo natural, en Baudelaire, pertenece siempre al vulgar mundo de las necesidades, de lo útil, un mundo por completo ajeno al dandy, cultivador del diletantismo y la pereza, aficionado al lujo y la moda, a la pompa de la vida, por pertenecer al mundo del placer. Frente a la vulgaridad está lo aristocrático que, por un lado, aparece vinculado a la elegancia, la falsificación, el artificio, la comedia y, por el otro, a los actos gratuitos, a lo inútil.

Desde el punto de vista ético es inutilidad, gratuidad e indiferencia. El dandy renuncia a cambiar el mundo, no busca la superación hacia el porvenir, hacia un nuevo orden de valores, sino que se mueve entre ellos ignorándolos, sin la esperanza real de destruirlos o superarlos, en un círculo vicioso estéril y gratuito: "el dandysmo es el último destello del heroísmo en las decadencias". El dandy no puede querer cambiar nada porque no cree en nada, y por tanto no tiene ninguna ambición: "En mi no hay base para una convicción", nos dice Baudelaire, imperturbable hacia todo lo que le rodea porque el poeta no puede dejarse conmover por nada.

El artista romántico era un agitador que se dirige a un público amplio al que, incluso, pretende emocionar, levantar, moralizar o deucar. Sus creaciones tenían un carácter social, se somete a los gustos del público, o al menos los toma en consideración. Los poetas románticos pretendían ser la voz de la sociedad, sentían y pensaban en nombre de la colectividad, y fueron relevados por una juventud escéptica, agnóstica, que había perdido la fe en los programas y serán reveladores de los males del siglo. A partir de Baudelaire no se tratará del poeta sufriendo por todos, sino que será el propio sufrimiento encarnado en la poesía. Ya no hay público; la creación del artista va dirigida a una élite distinguida, a una camarilla de incondicionales a un club culto y selecto.

El dandysmo es, por encima de todo, un culto del yo. Se trata de un desdoblamiento gracias al cual el dandy se transforma a sí mismo en objeto; esto significa que el dandy realiza un constante trabajo sobre su yo, una manipulación caprichosa y fabuladora, tanto en el plano físico como en el plano espiritual. Pero es un trabajo que no conduce a ninguna parte, o mejor dicho, que le devuelve siempre al mismo punto de partida, la pura y simple afirmación del yo: en palabras de Baudelaire, el dandysmo es "una especie de culto de sí mismo, que puede sobrevivir a la búsqueda de la felicidad que se descubre en los demás, por ejemplo en la mujer, y que hasta puede sobrevivir a todo lo que se suele denominar como ilusiones". En lo que tiene de eterno retorno, el dandysmo es un ceremonial, en el que el dandy es su sacerdote y su víctima: "El dandy no hace nada", sentencia Baudelaire, o al menos no hace nada productivo, excepto trabajar sobre sí mismo, en crearse una máscara original a través de una toilette impecable de refinamientos extremadamente rebuscados o de una simplicidad glacial; pero esta inmoderada afición a la elegancia material en el dandy, advierte Baudelaire, no es "más que un símbolo de la aristocrática superioridad de su espíritu". En su pasión por la superficie de los objetos, siempre y cuando ésta sea un disfraz que falsifique lo que hay debajo, el dandy se convierte a sí mismo en un objeto, en una cosa, se construye, se decora, se ornamenta y se comporta como tal, con una actitud distante e indiferente a todo.

Las complicadas ceremonias de maquillaje no son en realidad más que una gimnasia apropiada para fortificar la voluntad y para disciplinar el alma. El dandy es, en definitiva, "el placer de sorprender y la satisfacción orgullosa de no ser sorprendido jamás", el objeto más distinguido de la ciudad. Para distinguirse hay que marginarse y distanciarse de la muchedumbre, esencialmente vulgar.

Y todo sin ningún objetivo. De ahí la fascinación de Baudelaire, hacia el militar y su porte bizarro, varonil: "El militar, ser acostumbrado a las sorpresas, se sorprende difícilmente. Así pues, el signo particular de la belleza será aquí una especie de indolencia marcial, una mezcla singular de placidez y de audacia: es una belleza que se deriva de la necesidad de estar dispuesto para morir en cada instante".

En cuanto artificio el poeta también es reversible: puede ser él y otro, como un alma que se reencarna en el cuerpo de quien desea.

El punto de llegada es la desaparición de la persona física del dandy bajo esa obra de arte que es su propio cuerpo trajeado.

Pero Baudelaire no llegó, como otros autores, más allá, hacia el exceso.

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